Marina Glez. Guerreiro |




Caminamos rodeando la enorme laguna que está en medio de los arrozales, que por uno de sus lados tiene más agua que no lleva a ninguna parte. Las plantas eran de color verde esmeralda y estaban repletas de pequeños granos aún sin recolectar. Nos detuvimos y arrancaste una de las plantas de arroz a la que empezaste a desmenuzar sus granos que ya estaban listos para ser recogidos. Fue en ese momento cuando me contaste que la laguna se puede transitar pagando a uno de los barqueros con un billete de esos que tienen puentes. Hay que pagar el precio que tiene cruzar al otro lado. Seguimos caminando en silencio hasta que terminamos de rodear la laguna por completo. El sendero hace un círculo que se recorre en varias horas. Llegamos al inicio y fin, y no parece que hayan cambiado demasiadas cosas. Las libélulas que antes revoloteaban entre los campos de arroz habían cambiado su posición y descansaban en una acequia. El resto seguía aparentemente igual que antes.

El rodeo a la laguna empieza y acaba en el mismo lugar y no permite otro recorrido, no posibilita una huida. La exposición Behind each escapist dream there is a day-to-day to sustain de Marina González Guerreiro opera sobre ese deseo de escapar hacia otro lugar que en ocasiones se torna imposible. Se detiene en el parpadeo de lo que ocurre en estadios temporales inamovilistas. Y, sobre todo, abre la pregunta a qué hay después de la huida, y cuál el sustento de las condiciones materiales de la misma.

En esta muestra Marina propone una narración que nos devuelve a la domesticidad. Ensaya una posible resistencia visual a lo recibido de forma externa, y concibe el interior como un lugar de refugio. Lo pone en marcha formulando una oposición que se niega aceptar lo dado, proponiendo otras narrativas en nuestro presente más inmediato. A lo largo de su trabajo trata de abordar cuestiones que tienen que ver con las preocupaciones que se encuentran insertadas en la cotidianeidad. Es el caso de las puertas de nevera, un espacio diario de ensoñación, de construir un lugar de escape. Aunque en esta ocasión también son lugares que denotan cierta melancolía por la inviabilidad de ensayar una vida diferente fuera de la delimitación de las mismas, son una puerta a ninguna parte. Las neveras de Marina están decoradas con pequeños objetos que se refieren al tránsito de las cosas como son: pájaros, puentes o aviones, que mezcla con elementos anodinos. Recuerdos y cosas del día a día. Marina me contó que, durante mucho tiempo, observó la puerta de la nevera como algo que se construye a través del imaginario diario y de forma colectiva. Los imanes son parte de esos objetos que colecciona y que forman una constelación de regalos o de recuerdos de lugares. Sus trabajos tienen la capacidad de funcionar como metáforas de la realidad, si los pensamos como un cristal cuando refracta, abren un crisol de lecturas que permite la contingencia de esos otros relatos. Por ello, cada una de las obras que presenta en la exposición activan la posibilidad de ser más allá del insistir para poder existir, de la facultad de ser otras formas posibles a las regladas.

Existe un deseo de abundancia que transita a lo largo de toda la instalación. De un acopio no acumulativo en términos materiales, sino del anhelo de conservar emociones e imágenes en pos de esa huida. De producir una historia que se reconstruye a trozos, un relato desordenado y esparcido. Esa misma acumulación se repite en la forma que se presenta en el suelo del espacio. Un objeto que bien podría ser un gran sagrario, un joyero o un secreter donde se guardan todos los secretos posibles. Durante los siglos XVII y XVIII los secreters fueron diseñados de forma personalista para esconder papeles y objetos preciados en sus múltiples cajones que se cerraban con llave. Aquí se dispone uno que Marina hace ex profeso, compuesto por recipientes de cerámica, plástico y pequeños objetos. También emerge en sus oquedades un líquido que parece leche que celebra al origen de las cosas. Alrededor del joyero se dispone arroz, apelando a la celebración y la abundancia. Los granos del arroz podrían ser todas esas semillas de los campos que rodean el paso por la laguna, que son el germen de la posibilidad por venir. Cada deseo de escapar se guarda y se cumple en cada hueco o rincón de la pieza que Marina ya ha ordenado. Y la huida se recorre saltando sobre el arroz hasta hacer aparecer la puerta de entrada y salida donde un día acabará el sueño. La misma que está justo debajo del palmito de caña con collares de pasta de esos que dan suerte. Mientras tanto recorreremos la laguna como el que nada en la densidad de un chicle hasta que salgamos por una de las ventanas que son como puertas de nevera. Dentro de la laguna quedarán los barqueros transportando a los otros de una orilla otra.



Tras cada fantasía escapista hay un día a día que sostener / Behind each escapist dream there is the day-to-day to sustain. Texto de Paula Noya de Blas. Versión en inglés



Photos courtesy of ChertLüdde